Escape premeditado

Así como en las mejores películas de ficción, el 11 de junio de 1962 se ejecutó un perverso plan que termino con toda una penumbra histórica. Con renombre internacional llevada incluso a la gran pantalla, la fuga de presos en la recóndita Alcatraz. Un puñado de maleantes desaparecieron ante las miradas atónitas del personal de seguridad. Para Frank Lee Morris autor principal de tal episodio, su engreimiento puso en vilo las habladurías del alcaide quién aseguraba resguardar unas de las prisiones ineludibles del planeta.

Tras una leyenda de tal calibre emergen hipótesis, detalles cuidadosamente calculados no solo por una mente, sino varias que operan en pro de un objetivo en común: en este caso, la burla de la justicia evadiendo la privación de la libertad después de cometer actos delictivos. De la misma forma ocurre no solo en fortificaciones tecnificadas, también en presidios pobres de países tercermundistas, donde un escape a través de una soga inunda los principales medios de comunicación al punto de aturdir aquellas entidades públicas definidas como íntegras. De forma vergonzosa salen a flote pormenores sin ilustraciones, comentarios beligerantes, contextos circunstanciales difíciles de explicar del porque hechos anómalos como estos hacen temblar y fatigar a dirigentes del gobierno de turno.

Aquí no se trata del tipo de crimen, se trata del tipo de persona; individuos con privilegios para seguir una vida normal incluso con procesos judiciales calificados nocivos para una sociedad, pero, escuetamente el dinero es el factor clave para acceder a cuidados especiales y otras bondades que no puede tener el confinado de a pie; el que agoniza con un cáncer y en ocasiones le es negado el derecho a ser atendido dignamente, a pesar de su historial nauseabundo.

Es lamentable el deterioro de autoridad, a comparación de la política oriental donde se paga con la vida misma. Queda el sinsabor, la falta de acciones deliberantes, de una ley comprometida con acabar beneficios inauditos. De esta forma terminan los recursos malversados por un puñado que juega con acciones premeditadas sin importar ni siquiera el escarnio público, esperando que una sociedad sin sentido común vuelva a elegirlos.